Diario de Viaje #4 - Los encuentros de Santiago / Diário de Viagem - Os encontros de Santiago

DIARIO # 04- Los encuentros de Santiago

Llegué a Santiago esperando encuentros como si tuviera varias citas planeadas, con museos, músicos y con manifestaciones culturales.  Por tal razón decidí quedarme un mes para poder realmente encontrar a todo lo que quería.

Toda esa onda de encuentros empezó por mi llegada a la ciudad en Septiembre, lo que propició el mejor encuentro que podría tener con un vestigio intangible: la memoria. Sobre tal encuentro puedes leer más en mi post anterior. Pero igual, puedo decirles que después que encontré la memoria por vez primera, ella quiso acompañarme siempre. La encontré muchas veces y en las horas más inhóspitas.  Incluso ella me comentó que por su intermedio podría de cierta manera encontrar a Violeta Parra. Así que Santiago se hizo una pieza mágica. Caminé por todos lados esperando encontrarla. Camine por las calles del Barrio Yungay imaginando donde sería el bar que Violeta hacia sus presentaciones o la casa de su tío Ramon en que vivió por un tiempo, camine en el Parque Forestal imaginando las veces que expuso sus artes ahí y por fin, llegue a la comuna La Reina preguntándome donde fue la ubicación de su carpa.  Por más que no haya encontrado ninguno de esos sitios, me encontré con el espíritu de Violeta en el cementerio frente a su tumba florida el día de su cumpleaños cuando algunos artistas tocaban sus canciones; también me encontré con ella en su museo, que estreno mientras estaba allá y en la expresión y carácter de su hija, que nos tocó canciones.  Entonces, más allá de todo, pienso que Violeta estuvo todo el tiempo acompañándome, incluso cuando yo  no me daba cuenta. Así con esa musicalidad también fui a distintos conciertos: Manuel Garcia, 1000 guitarras para Victor Jara, Festival Infantil de Música Latinoamericana, música clásica latinoamericana en la universidad católica.

En la figura de un amigo me encontré con los payadores. No fue un encuentro planeado, pues yo ni siquiera sabía lo que era la paya. Desde un concierto de la Décima Orquestra hasta el encuentro semanal en el Chancho Seis, yo descubrí la magia de la paya, los pies forzados, cuecas, cantos a lo divino y a lo humano. Con esa gente, descubrí el canto popular, la magia del ser campesino que sobrevive en la ciudad. Compartimos cervezas, vino, conocimiento e improvisación.  Fue quizá el encuentro responsable por darme una base profunda de la cultura chilena. La musicalidad santiaguina encendió mi corazón para percibir la magia de los encuentros.

Pero debo decir que los mejores encuentros fueron los no planeados.

Encontré momentos de festividades como conocer a las fondas de las Fiestas Patrias donde la gente se encuentra para bailar, comer rico (yo elegí empanadas y cerveza) y celebrar lo que es Chile, donde se puede encontrar banderas del país por todos lados. Aquí pude sentir la alegría y el coeficiente de pueblo chileno (desde el baile de las cuecas, los niños con ropas típicas del campo y la voz de las personas que cantaban con los artistas). Más que con fiestas de países, me identifico con fiestas de pueblos originarios. Así no puedo dejar de hablar de un encuentro mágico arriba del cierro blanco con grupos de las lakitas, que tocaban música andina en sus quenas, zampoñas, tambores – junto con amigos pude bailar en la tierra con todo de ancestralidad que tengo. La tierra bien marrón y el movimiento de los bailes daba un aspecto mágico a la noche, que es difícil describir en palabras.  Ese quizá haya sido uno de mis momentos favoritos en Santiago (es difícil elegir solamente uno).

También hubo encuentros que ni siquiera percibí que eran encuentros. Como cuando sentada “tomando el once” (compartiendo comida) con una amiga, apareció discretamente el terremoto y su presencia además de hacer que toda la casa temblara, hizo que temblara nuestros cuerpos. Yo creo que me gustó mucho encontrarme con él la primera vez, pero la intensidad de su llegada no, pues en las dos semanas después de esa llegada, sentí las réplicas (temblores causados pos terremoto) y ahí percibí la agresividad no latente de llegar a conocerlo (tuve alergias en la piel y pesadillas por tal hecho).

Otro encuentro que tardé percibir  que era uno, fue el que tuve varias veces con el metro de la ciudad. Fascinada por ese medio de transporte y con el ansia de una caminante,  le tomé muchas veces y para distintas regiones y paradas: Baquedano, Cummings, Quinta Normal, Patronato; línea roja, amarilla, verde. Ahí encontré músicos, gente linda e incluso cuasi fui robada (de una manera muy graciosa, me lo admito).   Ahí me perdí (le tomé  en direcciones equivocadas,  algunas veces) y me encontré en charlas, sonrisas y pensando en la vida, y fue el movimientodel metro y las caminatas en la calle esenciales para darme cuenta que el viaje era real; que me había salido de casa y ya, una nueva etapa comenzaba!   

                Igual Santiago no te dispone encuentros solo con locales, pero por todos lados con inmigrantes. Colombianos, peruanos, haitianos, bolivianos, dan un gusto nuevo a la ciudad, le hacen más latinoamericana y aún más del pueblo. Caminando por las calles lograba ver esa gente trabajando a full vendiendo comidas típicas, haciendo música y difundiendo sus acentos mesclados por los espacios públicos. Sus presencias me sonaban integración latinoamericana, por más que la gran parte de inmigración ahí tenga como razón, mejores condiciones de vida.

                Todo eso que les conté fue lindo, pero lo mejor y lo que adornó y profundizó todos eses encuentros fue, sin duda, la gente que conocí. Sea por indicaciones de amigos,  contactos de Couchsurfing o la gente del hostal en que trabajé; los amigos que hice en Santiago fueron lo mejor que encontré por ahí. Gente brillante con corazones gigantes, músicos llenos de amor y cordillera, chicas amorosas y fuertes. Realmente esa gente me proporcionó conocimiento, alegría y la certeza de que volveré. Fue llevando esas personas en la memoria que me despedí de Santiago, feliz que mi americanidad se volvió más grande (y mi corazón también…).

                

DIÁRIO # 005 – Os encontros de Santiago

Cheguei a Santiago esperando encontros como se tivesse vários encontros planejados, com museus, músicos e manifestações culturais. Por tal razãodecidi ficar um mês para poder realmente encontrar tudo o que eu queria.

Toda essa onde de encontros começou pela minha chegada a cidade em Setembro, o que proporcionou o melhor encontro que eu poderia ter com um vestígio intangível: a memoria. Sobre tal encontro você pode ler mais no meu último post (aqui). Mas posso dizer que depois que encontrei a memoria pela primeira vez, ela quis me acompanhar para sempre. Encontrei-a muitas vezes e nas horas mais inóspitas. Inclusive ela me comentou que pela sua presença poderia de certa maneira encontrar a Violeta Parra. Assim que Santiago se transformou em uma peça mágica. Caminhei por todos lados esperando encontrá-la. Caminhei pelas ruas do Bairro Yungay imaginando aonde seria o bar que Violeta fazia suas apresentações ou a casa do seu tio Ramon que viveu por um tempo, caminhei no Parque Florestal imaginando as vezes que expos suas artes aí e por fim, cheguei ao bairro La Reina me perguntando onde seria a localização de sua tenda. Por mais que eu não tenha encontrado nenhum destes lugares, encontrei sim o espírito de Violeta no cemitério em frente a seu caixão florido no dia de seu aniversário, quando alguns artistas tocavam suas canções; também encontrei ela no seu museu, que abriu enquanto estava lá e na expressão e caráter de sua filha, que nos tocou canções. Então, além de tudo, penso que Violeta esteve todo o tempo nos acompanhando, inclusive quando eu não era capaz de perceber. Assim com essa musicalidade também fui a diferentes shows: Manuel Garcia, 1000 guitarras para Victor Jara, Festival Infantil de Música Latino-americana, música clássica latino-americana na universidade católica.

Na figura de um amigo me encontrei com os “payadores”. Não foi um encontro planejado, pois eu nem sequer sabia o que era a “paya”. Desde um show da Décima Orquestra até o encontro semanal no Bar Chancho Seis, eu descobri a magia da paya, os “pies forzados”, cuecas, cantos ao divino e ao humano. Com essa gente, descobri o canto popular, a magia de ser do campo que sobrevive na cidade. Compartilhamos cervejas, vinhos, conhecimento e improvisação. Foi talvez o encontro responsável por me dar uma base profunda da cultura chilena. A musicalidade santiaguense ascendeu meu coração para perceber a magia dos encontros.  

Encontrei momentos de festividades como conhecer as fondas das Festas Pátrias onde as pessoas se encontrar para dançar, comer bem (eu escolhi empanadas e cerveja) e celebrar o que é o Chile, onde se pode encontrar bandeiras do país por todos lados. Aqui pude sentir a alegria e o coeficiente do povo chileno (desde o dançar das cuecas, as crianças com roupas típicas do campo e a voz das pessoas que cantavam com os artistas). Mais que com festas de países, me identifico com festas dos povos originários. Assim não posso deixar de flar de um encontro mágico acima do Cerro Blanco com grupos de “lakitas”, que tocavam música andina nas suas quenas, zampoñas, tambores – junto com amigos pude dançar na terra com tudo de ancestralidade que tenho. A terra bem marrom e o movimento das danças dava um aspecto mágico a noite, que é difícil descrever em palavras. Esse talvez tenha sido um dos meus momentos favoritos em Santiago (é difícil escolher somente um).

Também houve encontros que nem sequer percebi que eram encontros. Como quando sentada “tomando el once”(café da tarde) com uma amiga, apareceu discretamente o terremoto e sua presença além de fazer toda a casa temer, fez temer nossos corpos. Agora penso que gostei de encontrarlo a primeira vez, mas na intensidade da sua chegada não, pois nas duas semanas após sua chegada, senti nas réplicas ( tremores causados pós terremoto) e aí percebi a agressividade não latente de chegar a conhecer-lo ( tive alérgias na pele e pesadelos por tal feito).

Outro encontro que demorei em perceber que era um, foi o que tive várias vezes com o metro da cidade. Fascinada por esse meio de transporte e com a ânsia de uma caminhante, o usei muitas vezes e para diferentes regiões e paradas: Baquedanos, Cummings, Quinta Normal, Patronato; linha vermelha, amarela, verde. Aí encontrei músicos, gente linda e inclusive quase fui roubada (de uma maneira muito engraçada, admito). Aí me perdi (o peguei em direções erradas,  algumas vezes) e me encontrei em conversas, sorrisos e pensando na vida, e foi o movimento do metro e as caminhadas na rua essenciais para dar conta que a viagem era real; que eu havia saído de casa e já, uma nova etapa começava!

Igual Santiago não te dispõe de encontros só com locais, mas em todos lados com imigrantes. Colombianos, peruanos, haitianos, bolivianos, dá um gosto novo a cidade, os faz mais latino-americana e ainda mais do povo. Caminhando pelas ruas conseguia ver essa gente trabalhando a toda vendendo comidas típicas, fazendo música e difundindo seus sotaques misturados com os espaços públicos. Suas presenças me soavam integração latino-americana, por mais que a grande parte da imigração aí tenha como razão, melhores condições de vida.

Tudo isso que contei foi lindo, mas o melhor e o que enfeitou e aprofundou todos  esses encontros foi, sem dúvida, as pessoas que conheci. Seja por indicações de amigos, contatos de Couchsurfing ou as pessoas do hostal que trabalhei; os amigos que fiz em Santiago foram o melhor que encontrei por aí. Gente brilhante com corações gigantes, músicos cheios de amor e cordilheira, meninas amorosas e fortes. Realmente essas pessoas me proporcionaram conhecimento, alegria e a certeza que voltarei. Foi levando essas pessoas na memória que me despedi de Santiago, feliz que minha americanidade se fez maior (e meu coração também...)