Diario #12- Colombia – Alcanzando nuevos imaginarios / Diário #12- Colombia – Alcançando novos imaginários

 Taller en Medellin / Oficina em Medellin. 

Taller en Medellin / Oficina em Medellin. 

Después de meses en el territorio del Tawantisuyu, desde Ipiales entré en Colombia, con un entusiasmo aún más grande de lo que cuando entré en Ecuador, pues nunca había llegado  tan alto en Sudamérica, aún más por tierra. Negocié en la frontera y logré un pasaje para Cali con buenísimo precio y listo, me apresuré para llegar a la terminal y embarcar en aquél bus que hasta enchufe tenía.

 El camino estuvo lleno de valles, donde a veces se podría ver un abismo abajo, bien a costadito de la ruta.  En un determinado pedazo del camino, el bus paró como si siempre lo hiciera. Unos hombres con pañuelos en el rostro abrieron los compartimientos de las maletas, lo chequearon rápidamente y nos liberaron. No tuve miedo pero curiosidad al vivenciar la historia en persona, pues creo que eran guerrilleros de las FARC, no se lo pregunté a nadie, entonces nunca voy a saber con seguridad, pero fue algo muy loco. Llegue a Cali, esperando reencuentros. Reencontraba mis amigas Natalia y Cristina después de 4 años. Pero la verdad que este lugar significó mucho más. Una ciudad mágica y exuberante, con valles y muchísimo calor.  Barrios con muchos habitantes, edificios pero también muchas casas, gran parte de más de un piso y coloridas. Mucha gente compartiendo con los vecinos y amigos en las calles. Con el clima, la atmosfera cambiaba y mi humor también; me quedé demasiadamente feliz. Cali es conocida como la capital de la Salsa, y así fui a celebrar con mis amigos y terminé exagerando en el ron, de tanta que era mi felicidad. También me llevaron al alrededor de Cali a conocer un parque y por ahí pasamos por las plantaciones de caña, que son lindas, pero que involucran mucha desigualdad y falta de respecto a la naturaleza con las quemadas; incluso testimoniamos una y la imagen no me sale de la cabeza. Es también Cali, la segunda ciudad más negra de Latinoamérica, así lo escuché varias veces allá y también pude conferir por la población, tantos con esa matriz racial, que hizo de esa ciudad, algo diferente de todo lo que había visto en mi viaje hasta aquél momento.  Cuando pensó en Cali pienso en: Lulada, Salsa, Maria del Mar ayudándome a caminar cuando salí tonta del bar de Salsa, la felicidad de ver como mis amigas están bien y la escultura de Maceta en San Antonio. Fueron pocos días, pero intensos.

Me transladé a Medellín, la ciudad de la eterna primavera.  Al llegar ya me marcó el sistema de metro y metrocable, que yo tomaba todos los días para llegar a la casa de mi Couchsurfing: John. Y que aprendizaje fue irme a su hogar, que queda en los barrios de la Villa Olimpica, edificios hechos para los Juegos Suramericanos de Medellín en 2010, que después quedaron como habitación popular para nuevos habitantes. Para llegar allá hay que tomar un metro cable que pasa por arriba de la Comuna 13, villa muy conocida en LatinoAmérica por sufrir en mano de los sicarios y la violencia narco. Estar en este entorno, me proporcionó ver cómo la gente simples trabaja MUCHO para sobrevivir, y hacen lo que pueden para eso. En el edificio que estaba había incluso un departamento que servía como tienda de vestidos, haciendo el balcón de vitrina y gente improvisando tiendas de comida en el terreo, también en sus departamentos. En el metro cable vivencié de todo, desde una chiquita que bailó al sonido de mi guitarra hasta charlas en el celular, que mostraban rasgos típicos de Latinoamérica. En una ida de metrocable había un policía y el sonido de su celular era un revolver disparando; en el mismo día volví en el mismo transporte con un adolescente que tenía el mismo sonido en su aparato. Este detalle me llamó la atención para la cultura de la violencia en la región. Y así nada me parecía directamente violento, al contrario, se veía comunidad. Pero si la violencia estaba ahí. Empecé a interesarme por la Comuna, y las informaciones por si mismas llegaron hasta mí.  Descubrí que la villa, que ya recibió visita hasta del presidente y de famosos, siempre resistió a la enorme violencia y sus desaparecidos, con la cultura. Allá muchos raperos fueron muertos, pues traían la consciencia del protagonismo juvenil en el cambio de la sociedad. A pesar del dolor, la gente que vive allá, parece ser muy orgullosa de su camino y debo decir que la vista de la comuna, a las 5 de la mañana, desde el departamento de mi amigo es uno de las mejores que he visto.

Ya del centro de Medellín, me encantó sus bibliotecas gigantes, pero también una ciudad donde los museos son caros, lo que muestra la desigualdad reinante. También la gente me pareció muy desconfiada, pues hay la sombra de la ciudad que sufrió tanto con sicarios, bombas, amenazas y el recuerdo duro de Pablo Escobar (para unos un héroe, pero para muchos un monstruo), que explica la desconfianza. Mismo así, el paisa (como se llaman la gente dela región), es muy orgulloso de sus orígenes (dicen que todo lo de mejor hay allá) y si te conoce bien, te recibe con muchísimo cariño. Eso es lo que llevo de allá, junto con el recuerdo de niñas indígenas bailando cumbia en el centro con sus vestidos coloridos, y claro el RIQUISIMO Tintico (café) colombiano y agua de panela.

De ahí me fui a Cartagena, un viaje tan largo que ni me acuerdo cuantas horas. De nuevo el calor inmenso ahora sumado con la mar, me encontraba y me puso en éxtasis. Debo decir que allá fue uno de los lugares que fui lo más feliz.  Es una ciudad turística, que esconde mucho de sus problemas sociales, para que la gente de afuera se divierta y las de adentro puedan sobrevivir en una de las ciudades más caras de Colombia. Allá me quede en el barrio bohemio de Getsemani, en un hospedaje popular, cuarto compartido, 15.000 pesos por noche, en la casa de Fanny, una señora artesana y de gran confianza. Hice muchos amigos en el hospedaje, una peruana, una pareja de argentinos hasta rencontré un amigo de viaje que había conocido en Humahuaca en Febrero.  También fue espacio para conocer gente cartagenera, como Félix y Liliana. Y encontrar Kleiver, un hermano de alma que me contacto por internet el 2012, y de ahí siempre hablamos. Con mucha inteligencia y sueños, él me mostró lugares que cuasi ningún turista va y que son lo más, como el mercado popular, por ejemplo. Cartagena es un punto llave de LatinoAmérica, pues es donde llegaban los africanos secuestrados de sus pueblos para que fuesen distribuidos por toda América, entonces la región carga un dolor por a veces olvidado, pero tuvo cabildos donde la gente procesaba su fe, lo que me da la impresión (no tuve tiempo para comprobar), que la cultura negra allá es muy muy viva. Dividí esas descubiertas con muchas cervezas y guitarreadas en la noche, además de cocinar rico con los nuevos amigos. 

Además de Cartagena, hubo el viaje de los alrededores. Un día me fui a Playa Blanca con Aldo, en pleno Caribe. Playa azul y agua caliente, clima hermoso, solo nos complicamos al volver pues pedí un sándwich y me olvide que mi amigo no tenía suficiente plata para volver, así que tuvimos una larga negociación con el bar para pagar lo que teníamos no más, fue difícil pero al final funcionó.   Con Kleiver nos fuimos a Palenque, la comunidad afro que nunca fue esclavizada. Fondada por Benkos Biohó, sus habitantes se arriesgaban yendo a Cartagena para liberar otros. Creadores del estilo musical de la champeta criolla, dicen que la música la viven y la llevan adentro,  son un pueblo con mucha identidad sin cuestionamientos y muestran más una experiencia del buen vivir distinto, pues seguramente la organización social de la comunidad es muy distinta a la occidental.  Me hubiera gustado quedarme más, pero la comunidad aún está aprendiendo a recibir gente de afuera, y se entiende! Con tantos extranjeros, quieren resguardar lo que tienen.  

De Cartagena me fui a Bogotá, mi último destino en este viaje. Pueden imaginar como ya estaba nostálgica antes mismo de terminar el camino. La capital colombiana, antes de todo, me hizo acordar a mi ciudad por el clima medio loco, cambiante a toda hora.  Allá me quedé en la casa de Andrea, una amiga que había hecho en Bolivia, ella no estaba allá, pero su familia sí y me recibieron tan cariñosamente! Gente tan linda y que de alguna manera, lo pude sentir como a mi familia también, ¡todos! Allá visité a los museos, salí a bailar, fui a parques e hice nuevos amigos.  No pude aprender tanto de la cultura de la ciudad, por el poco tiempo que tuve, pero sentí que el bogotano es más frio que el resto de los colombianos, pero también con aquella amabilidad que tanto caracteriza la gente de ese país.  Como una gran ciudad, sentí que la modernidad cambió un poco la cultura, pero que la puedes encontrar, en el centro.  En mi memoria cargo los grafitis de la ciudad y tanta buena gente!

Y ese fue mi recorrido por Colombia. Una tierra que me trajo lo diferente en los sonidos de las gaitas, en la comida rica del pan de bono, buñuelos, arepas, tinticos y chocolate; que me llenó de paisajes exuberantes y distintos, y de gente que me recibió con amor y en sus casas, sin ni siquiera conocerme. Pero una tierra que tiene mucho que sanar. Es la tierra de olvido de Carlos Vives. Con pueblos originarios que merecen ser más comentados, como los Zenúes, Muiscas, Chibchas, Caucas, Nariños, Arhuacos, entre tantos otros. Con gente afro viva y trabajadora, pero que aún sufre con oportunidades impares, como en la playa, donde todos los que vendían eran negros y todos lo que disfrutaban, blancos.

Pero es la que no olvida las perceptibles huellas de la guerrilla, de las drogas, de los sicarios y de muchas desapariciones forzadas. Un pueblo que tiene miedo, pero con mucha gente corajuda adentro.  Estuve allá en el comienzo de este último intento de proceso de paz y la gente está muy dividida, pero si se quiere Paz, la gente dice BASTA, porque ya han sufrido mucho.

Si Colombia me pareció mucho a mi tierra brasileña (por el extracto afro, porque la gente habla más fuerte como nosotros, y porque a la gran parte de las chicas les gusta arreglarse) y también porque la percibí por lo que tiene de distinto, tengo un gran amor por esta tierra, haciéndome más latinoamericana que nunca.  Me fui con lágrimas en los ojos, porque además de irme de Colombia, me ibade más una etapa del viaje de 6 meses e 5 países, era hora de volver a la casa.

Diario #12- Colombia – Alcançando novos imaginários

Depois de meses no território do Tawantisuyu, desde Ipiales entrei na Colômbia, com um entusiasmo ainda maior do que quando entrei no Equador, pois nunca antes havia chegado tão alto na América do Sul, ainda mais por terra. Negociei na fronteira e consegui uma passagem para Cali com um preço muito bom e pronto, me apressei para chegar à rodoviária e embarcar naquele ônibus que até tomada tinha.

O caminho estava cheio de vales, quando as vezes era possível ver um abismo abaixo, bem ao lado da rota. Em um determinado pedaço do caminho, o ônibus parou como se sempre o fizesse. Uns homens com panos no rosto abriram os compartimentos externos de bagagem, checaram tudo rapidamente e nos liberaram. Não tive medo mas curiosidade ao vivenciar a história em pessoa, pois acredito que eram guerrilheiros das FARC, não perguntei para ninguém, então nunca vou saber com certeza, mas foi muito louco! Cheguei a Cali, esperando reencontros. Reencontrava minhas amigas Natalia e Cristina depois de quatro anos. Mas a verdade é que esse lugar significou muito mais. Uma cidade mágica e exuberante, com vales e muito calor. Bairros com muitos habitantes, edifícios, mas também muitas casas, a grande parte com mais de um andar e bem coloridas. Muita gente conversando com vizinhos e amigos nas ruas. Com o clima, a atmosfera mudava e meu humor também; fiquei muito feliz. Cali é conhecida como a capital da Salsa, e assim fui celebrar com meus amigos e terminei exagerando no rum, de tanta que era a minha felicidade. Também me levaram ao redor de Cali, para conhecer um parque e por aí passamos pelas plantações de cana, que são lindas, mas envolvem muita desigualdade e falta de respeito a natureza pelas queimadas que são feitas; inclusive vimos uma e é uma imagem que não sai da minha cabeça. É também Cali, a segunda cidade mais negra da América Latina, assim o escutei várias vezes lá e também pude conferir pela população, tantos com essa matriz racial, que fez dessa cidade,algo diferente de tudo o que havia visto na minha viagem até aquele momento. Quando penso em Cali penso em: Luladas, Salsa, Maria del Mar me ajudando a caminhar quando saí tonta do bar de Salsa, a felicidade de ver como minhas amigas estão bem e a escultura de “maceta” em São Antonio. Foram poucos dias, mas intensos.

De Cali fui para Medellin, a cidade da eterna primavera. Ao chegar já me marcou o sistema de metrô e “metrocable”(metrô por teleférico), que eu pegava todos os dias para chegar a casa do meu Couchsurfing: John. E que aprendizado foi ficar no seu lar, nos bairros da Vila Olímpica, edifícios feitos para os Jogos Sul-americanos de Medellin em 2010, que depois se transformaram em moradia popular para novos habitantes. Para chegar lá, tinha que tomar um “metrocable” que passava por cima da Comuna 13, vila muito conhecida na América Latina por sofrer nas mãos dos sicários e a violência do tráfico de drogas. Estar nesse entorno, me proporcionou ver como as pessoas simples trabalham MUITO para sobreviver, e fazem o que podem para isso. No edifício que estava havia inclusive um apartamento onde funcionava uma loja de vestidos, fazendo da sacada uma vitrine e também pessoas improvisando mercadinhos de comida nos apartamentos do térreo. No “metrocable” vivi um pouco de tudo, desde uma menina que dançou ao som da minha guitarra até conversas no celular, que mostravam comportamentos típicos de latino-americanos. Numa ida de “metrocable” havia um policial e o som do seu celular era um revólver disparando; no mesmo dia voltei no mesmo transporte com um adolescente que tinha o mesmo som no seu aparelho. Esse detalhe me chamou a atenção para a cultura da violência na região.  Nada me parecia diretamente violento, ao contrario, era possível ver comunidade. Mas a violência estava lá. Comecei a me interessar pela Comuna e as informações foram chegando por si mesmas até mim. Descobri que a vila que já recebeu visita até do presidente e de famosos, sempre resistiu a enorme violência e a seus desaparecidos, com a cultura. Lá muitos rappers foram mortos, pois traziam a consciência do protagonismo juvenil na mudança da sociedade. Apesar da dor, as pessoas que vivem lá, parecem ser muito orgulhosas de seus caminhos e devo dizer que a vista da comuna, as 5 da manhã, desde o apartamento de meu amigo é uma das melhores que já vi.

Já do centro de Medellin, fiquei encantada pelas suas bibliotecas gigantes, mas também é uma cidade que tem museus muito caros, o que mostra a desigualdade reinante. Também as pessoas pareciam muito desconfiadas, pois há na cidade uma sombra de quem sofreu tanto com sicários, bombas, ameaças e a lembrança dura de Pablo Escobar (para alguns um heróis, mas para muitos um monstro), que explica a desconfiança. Mesmo assim, o “paisa” (como são chamadas as pessoas da região), é muito orgulhoso da sua origem (dizem que tudo de melhor do mundo tem lá), e se te conhece bem, te recebe com muito carinho. Isso é o que eu levo de lá, junto com a lembrança de meninas indígenas dançando cumbia no centro com seus vestidos coloridos, e claro o gostoso café colombiano  “Tintico” e água de panela (chá de açúcar mascavo).

Depois de uma semana fui para Cartagena, uma viagem tão longa que nem lembro quantas horas durou. De novo o calor imenso, agora somado com a maresia, me encontrava e me deixou extasiada. Devo dizer que ali foi um dos lugares onde fui mais feliz. É uma cidade turística que esconde muito dos seus problemas sociais, para que as pessoas de fora se divirtam e as de dentro possam sobreviver numa das cidades mais caras da Colômbia.   Lá fiquei no bairro boêmio de Getsemani, numa hospedagem popular, quarto compartilhado, 15 mil pesos por noite, na casa de Fanny, uma senhora artesã e de grande confiança. Fiz muitos amigos lá, uma peruana, um casal de argentinos e até reencontrei um amigo de viagem que havia conhecido em Humahuaca em Fevereiro. Também foi espaço para conhecer gente “cartagenera”, como Félix y Liliana. E encontrar Kleiver, um irmão de alma que me contatou por internet em 2012, e desde então sempre conversamos. Com muita inteligência e sonhos, ele me mostrou lugares que quase nenhum turista vai e que são incríveis, como o mercado popular, por exemplo. Cartagena é um ponto chave na América Latina, pois é aonde chegavam os africanos sequestrados de seus povos para que fossem distribuídos por toda a América, então a região carrega uma dor que é esquecida as vezes, mas existiam repartições onde as pessoas processava sua fé, o que me dá a impressão (não tive tempo de comprovar), que a cultura negra lá é muito viva. Dividi essas descobertas com muitas cervejas e cantorias de noite, além de cozinhar com os novos amigos.

Além de Cartagena, teve a viagem aos arredores. Fui um dia a Playa Blanca com Aldo, em pleno Caribe. Praia azul e água quente, clima maravilhoso, só nos complicou a volta, pois pedi um sanduiche e esqueci que meu amigo não tinha suficiente dinheiro para voltar, assim que tivemos uma larga negociação com o bar para pagar o que podíamos, foi difícil mas ao final funcionou. Com Kleiver fomos a Palenque, a comunidade afro que nunca foi escravizada. Fundada por Benkos Biohó, seus habitantes se arriscan indo a Cartagena para liberar outros. Criadores do estilo musical da Champeta Criolla, dizem que a música a vivem e a levam dentro de si, são um povo com muita identidade sem questionamentos e mostram mais uma experiência de “buen vivir” diferente, pois com certeza a organização social da comunidade é muito diferente da ocidental. Gostaria de ter ficado mais, porém a comunidade ainda está aprendendo a receber gente de fora, e é compreensível! Com tantos estrangeiros querem proteger o que tem.

Enfim cheguei a Bogotá, meu último destino nessa etapa da viagem. Vocês podem imaginar como eu já estava nostálgica antes mesmo de terminar o caminho. A capital colombiana, antes de tudo, me fez lembrar da minha cidade pelo clima meio louco, que muda toda hora. Lá eu fiquei na casa da Andrea, uma amiga que fiz na Bolívia; ela não estava lá, mas sua família sim, e me receberam tão carinhosamente! Gente tão linda e que de alguma maneira, pude sentir como minha família também, todos! Lá visitei os museus, saí para dançar, fui a parques e fiz novos amigos. Não pude aprender tanto da cultura da cidade, pelo pouco tempo que tive, mas senti que o bogotano é mais frio que o resto dos colombianos, mas também com aquela amabilidade que tanto caracteriza as pessoas desse país. Como uma grande cidade, senti que a modernidade mudou um pouco a cultura, mas que é possível encontra-la, no centro, por exemplo. Na minha memória carrego os grafittis da cidade e tanta gente boa!

E esse foi meu percurso pela Colômbia. Uma terra que me trouxe o diferente nos sons das gaitas (flauta da cumbia), na comida deliciosa do“pan de bono”, “buñuelos”, “arepas”, “tinticos”e chocolate; que me preencheu com paisagens exuberantes e diferentes, e de gente que me recebeu com amor e nas suas casas, sem nem sequer me conhecer. Mas uma terra que tem muito que curar. É a “tierra del olvido” (terra do esquecimento) de Carlos Vives. Com povos indígenas que merecem serem mais comentados, como os Zenúes, Muiscas, Chibchas, Caucas, Nariños, Arhuacos, entre tantos outros. Com gente afro vivo e trabalhadora, mas que ainda sofre com oportunidades impares, como na praia, onde todos que vendiam eram negros e todos os que disfrutavam, brancos.

Mas é também a terra que não se esquece das perceptíveis marcas da guerrilha, das drogas, dos sicários e das muitas desaparições forçadas. Estive lá no começo dessa última tentativa do processo de paz e as pessoas estão muitas divididas, mas sim a Paz é desejada, as pessoas dizem BASTA, porque já sofreram demais.

Se eu achei a Colômbia muito parecida com a minha terra brasileira (pelo extrato afro, porque as pessoas falam mais alto como nós e porque a maioria das mulheres gosta de se arrumar bastante), e também a percebi pelo que tem de diferente, tenho um grande amor por essa terra, que me faz mais latino-americana que nunca. Fui embora com lágrimas nos olhos, porque além de estar me despedindo da Colômbia, me despedia de mais uma etapa da viagem de 6 meses e 5 países por essa América Profunda, era hora de voltar para casa.